Hace más de un año que comencé visión prospectiva y este va a ser el primer artículo que dedicaré a un libro inédito en español. Los motivos son básicamente dos.

El primero (y más pedestre) es que leo más lento en inglés que en castellano y que, con el ritmo de publicación semanal que llevaba, me resultaba imposible leer un libro en inglés y analizarlo en quince días.

Pero de algún modo me las hubiera arreglado si no fuera por un segundo motivo; uno que intuía, pero que no comprendí hasta hace unos meses, cuando escuché el editorial de Elías Combarro para el episodio número 16 de Neo Nostromo:

«Reseña y crítica se emplean muchas veces como sinónimos. Es natural, porque entre ambas existen muchas similitudes, pero también hay diferencias que considero importantes.

Podríamos hablar de aspectos como la extensión, la objetividad o las herramientas utilizadas. Pero el que hoy me interesa tratar es el de la finalidad: ¿qué se persigue con una reseña?, ¿y con una crítica?

En este particular, estoy de acuerdo con lo que escribe Anthony Boucher en la introducción de In Search of Wonder, el libro de ensayos de Damon Knight. Boucher afirma que el objetivo del reseñador es expresar sus reacciones ante un libro, de tal forma que los lectores puedan saber si quieren leerlo o no, mientras que el crítico intenta medir la obra con estándares más duraderos y absolutos».

Recalcando mucho la palabra «intenta», tras escuchar a Elías comprendí que la mayoría de mis artículos (sin pretenderlo, la verdad) están más cerca de la «crítica» que de la «reseña». Y aunque me esfuerzo en no hacer spoilers (y si los hago, lo aviso), también coincido con Elías en que:

«Entiendo las reseñas como algo a consumir antes de leer un libro (…). Por el contrario, las críticas (…) pueden —y en ocasiones deben— ser leídas después del libro».

Dicho esto, ¿qué sentido tiene analizar un libro que aún no ha sido publicado en nuestro idioma, habiendo tantos (y tan buenos) para hacerlo?

La respuesta me la dio el ensayo del que hoy quiero hablar: The Future of Humanity: Terraforming Mars, Interstellar Travel, Immortality, and Our Destiny Beyond, de Michio Kaku (Penguin, 2018).

Una vez más, le debo su lectura (o, para ser preciso, su audiolectura) a Elías. Cuando lo recomendó en el último programa de Los VerdHugos, supe que iba a interesarme. De hecho, los dos libros anteriores de Kaku —La física del futuro y El futuro de la mente— ya me habían fascinado por su mezcla de especulación y capacidad divulgativa.

Sin embargo, lo que me sorprendió en este caso fue descubrir que, junto a su habitual exposición de la vanguardia científica y tecnológica, Kaku desarrolla otro tema; uno que a la larga termina convirtiéndose en su leitmotiv: los vínculos entre la ciencia ficción y la ciencia real.

Y lo mejor es que es posible ahondar en ese tema sin desvelar los argumentos de Kaku… O mencionando solo aquellos que ya conoces por la ciencia ficción.

Así que empecemos.

 

The Future of Humanity 1
Fotografía realizada por Perchek Industrie y publicada en Unsplash.

 

Un camino de ida y vuelta

Poco antes de comenzar The Future of Humanity, leí en Principia un artículo de Luís Moreno Martínez en el que se exploraba esta misma idea en la obra germinal de la ciencia ficción moderna: Frankenstein, de Mary W. Shelley.

El artículo, titulado «Frankenstein o el moderno Prometeo. Una oportunidad para el diálogo entre ciencia, literatura y ética», hacía hincapié en la inclusión de las tendencias científicas de entonces en la trama de novela:

«Además de las expediciones científicas, la anatomía y la disección o el galvanismo; la novela también dedicó unas palabras a la joven química, “teoría más racional y producto de descubrimientos modernos”».

Sin embargo, Moreno Martínez recalca que se trata de un camino de ida y vuelta:

«Aunque embebidas actualmente en una cuestionable, cuestionada y, esperemos, perecedera división, literatura y ciencia consolidaron sus relaciones a lo largo del siglo XIX. Tal y como ha apuntado el físico e historiador de la ciencia Pedro Ruíz Castell (…), ciencia y literatura no han sido culturas independientes, sino que han dialogado a lo largo de la historia.

Según Ruíz Castell, la manera en que la literatura ha presentado históricamente la actividad científica ha sido fundamental para seducir y preparar a los lectores para comprender determinados aspectos científico-técnicos, a la par que la literatura habría actuado como herramienta privilegiada para la reflexión ética sobre asuntos científicos».

En su ensayo, Michio Kaku va un paso más allá y demuestra que muchos conceptos de vanguardia, tanto en ciencia como en tecnología, han sido planteados previamente en novelas de ciencia ficción.

 

Ciencia ficción y ciencia real

Como ejemplo, Kaku pone el caso de Robert Zubrin, ingeniero aeroespacial y fundador de The Mars Society que, durante años, ha sido uno de los principales defensores de la colonización de Marte.

«Cuando le pregunté de dónde partía esa fascinación por el espacio, me dijo que todo comenzó con sus lecturas de ciencia ficción de la infancia. También quedó cautivado cuando Von Braun mostró (¡en 1952!) cómo una misión de diez naves ensambladas en órbita podía llevar una tripulación de setenta astronautas a Marte.

Le pregunté al doctor Zubrin de qué forma su fascinación por la ciencia ficción se tradujo en su objetivo vital de llegar a Marte.

—De hecho, fue por el Sputnik —me dijo—. Para los adultos su paso fue aterrador, pero para mí, fue estimulante.

Estaba cautivado por el lanzamiento, en 1957, del primer satélite artificial porque se encontró con que las novelas que había leído podían convertirse en realidad. Él cree firmemente en que la ciencia ficción un día devendrá en ciencia real».

 

La esfera de Dyson… o de Stapledon

A lo largo de su ensayo, Kaku ofrece infinidad de ejemplos de ese «devenir de la ciencia ficción en ciencia real», pero hay uno que me ha sorprendido especialmente.

La hipotética megaestructura denominada «esfera de Dyson» toma su nombre de Freeman J. Dyson, el autor principal del artículo en el que se describieron sus características físicas y los efectos observacionales que éstas deberían producir.

Dicho artículo, titulado «Search for Artificial Stellar Sources of Infrared Radiation» (Búsqueda de fuentes estelares artificiales de radiación infrarroja), se publicó en la revista Science el 3 de junio de 1960.

En los últimos meses, se ha hablado mucho de la esfera de Dyson como una posible explicación (la más exótica, sin duda) para las inusuales fluctuaciones de luz de la estrella KIC 8462852 (también conocida como «la estrella de Tabby»).

Y si pienso en su empleo en ciencia ficción, la primera referencia que me viene a la mente es el díptico La estrella de Pandora / Judas desencadenado, publicado por Peter F. Hamilton en 2004 y 2005, en el que el descubrimiento de una esfera de Dyson es el detonante de la trama.

El díptico de Hamilton es un buen ejemplo de cómo la ciencia ficción se nutre de conceptos científicos en sus argumentos… Pero existe una referencia muy anterior.

Leí Hacedor de Estrellas, de Olaf Stapledon, con poco menos de veinte años y debo admitir que me aburrió (sin duda, no era el momento de hacerlo). Quizás por eso, no recordaba que en esa novela/ensayo/enciclopedia ficticia, publicada en 1937, ya se describía en términos literarios una esfera de Dyson.

«Cada sistema solar estaba ahora rodeado por un cendal de trampas de luz que concentraban la dispersa energía solar para algún fin práctico, de modo que la luz de la galaxia parecía velada».

Este pasaje aparece al final del capítulo X de la novela (yo lo extraje de la traducción de Gregorio Lemos para Minotauro), y Kaku lo expone al hablar, precisamente, de las fluctuaciones de luz de la estrella de Tabby.

Y dado que el artículo que da nombre a la esfera es de 1960 y la novela de Stapledon del 37, ésta se convierte en un claro ejemplo de cómo la ciencia ficción puede devenir en ciencia real.

 

The Future of Humanity 2
Fotografía realizada por Daniil Kuželev y publicada en Unsplash.

 

El eje del ensayo

Los vínculos entre ciencia real y ciencia ficción se perciben incluso en la idea central del libro: la razón por la cual, según Michio Kaku, «el futuro de la humanidad» debe orientarse hacia las estrellas. Y no solo porque algunos de los futuros hacia los que nos conduce ya hayan sido imaginados por la literatura, sino porque la idea en sí está en la base de muchas novelas de ciencia ficción.

«La gran historia de la vida de la Tierra nos enseña que, enfrentados a un ambiente hostil, los organismos afrontan, inevitablemente, uno de tres destinos: pueden abandonar el entorno, pueden adaptarse a él o pueden morir. Pero si nos adentramos los suficiente en el futuro, tarde o temprano nos enfrentaremos con desastres tan grandes que la adaptación será virtualmente imposible. Por lo tanto, o abandonamos la Tierra o pereceremos. No hay otro camino».

Tras leer estas frases del prólogo —en especial lo de «adentrarnos lo suficiente en el futuro»— he pensado que algunos argumentos de ciencia ficción también devienen, con el tiempo, en argumentos científicos.

Por razones dramáticas, las amenazas a las que suele enfrentarse la humanidad en las novelas de ciencia ficción tienden a ser inminentes… y los esfuerzos de los protagonistas por escapar del planeta, una carrera contrarreloj. Sin embargo, la escasa probabilidad de que un asteroide kilométrico impacte contra la Tierra en los próximos cien años se convierte en una probabilidad bastante alta en los próximos cien mil… y en una certeza estadística en los próximos cien millones.

En otras palabras, respecto a las catástrofes naturales la ciencia también nos plantea una «carrera contrarreloj», solo que mucho más dilatada.

 

Riesgos cercanos

¿Significa eso que, desde una perspectiva científica, las próximas décadas están exentas de riesgos?

En palabras de Kaku:

«En una escala de décadas, enfrentamos amenazas que no son naturales, sino esencialmente autoinfligidas, debidas a nuestra insensatez y cortedad de miras. Nos enfrentamos al peligro del calentamiento global: que la atmósfera y el aire en sí mismo se vuelvan contra nosotros. Nos enfrentamos al peligro de las guerras modernas, mientras las armas nucleares proliferen en las zonas más inestables del globo. Nos enfrentamos al peligro de las armas biológicas de propagación aérea, como el SIDA aerófilo o el Ebola, que pueden ser transmitidas con una simple tos o un estornudo y que podrían aniquilar a más del 98% de la raza humana.

Además, nos enfrentamos a una expansión demográfica que consume recursos a una tasa frenética… Podríamos exceder en cierto punto la capacidad de la Tierra para sustentarnos y encontrarnos en medio de un Armagedón ecológico».

En lo que respecta a estos temas, los límites entre ciencia y ciencia ficción se desdibujan. No es casual que en los últimos años la denominada Cli-Fi Climate Change Fiction sea un género en auge…, y que muchos de sus autores se empeñen en catalogar sus obras de realistas. Suelen decir que sus novelas son proyecciones veraces de tendencias actuales… como si ese no fuera uno de los principales objetivos de la ciencia ficción.

 

Contenidos

Llegados a este punto, vale la pena detenernos un instante para describir los contenidos del libro.

Aunque, a decir verdad, no nos estaremos «deteniendo» porque sus contenidos suenan a ciencia ficción.

«En este libro describiré las tecnologías que nos llevarán (…) a explorar los planetas y las estrellas.

En la primera parte, discutiremos los efectos de construir una base permanente en la Luna, y de colonizar y terraformar Marte. Para hacerlo, tendremos que analizar la «cuarta ola» de la ciencia: conformada por la Inteligencia artificial, la nanotecnología y la biotecnología. (…) Eventualmente, progresaremos más allá de Marte, y desarrollaremos asentamientos en el cinturón de asteroides y los gigantes gaseosos: Júpiter y Saturno.

En la segunda parte, avanzaremos hasta el momento en que seamos capaces de movernos más allá del sistema solar y explorar las estrellas cercanas. Una vez más, estas misiones exceden nuestras capacidades tecnológicas, pero una «quinta ola» de tecnologías podría hacerlas posibles: naves nanométricas, velas impulsadas por láser, estatoreactores de fusión, motores de propulsión por antimateria. (…)

En la tercera parte, analizaremos qué será necesario para modificar nuestros cuerpos, de forma de hacerlos aptos para encontrar un nuevo hogar entre las estrellas: un viaje interestelar llevará décadas o incluso siglos, por lo tanto, deberemos someternos a tratamientos de ingeniería genética para sobrevivir a largos períodos en el espacio profundo…, quizás extendiendo nuestra esperanza de vida. (…) Yendo un paso más allá, quizás debamos modificar nuestros cuerpos, a través de la ingeniería genética, para prosperar en un planeta con distinta gravedad, composición atmosférica y ecología.

Gracias al Human Connectome Project, que busca mapear cada neurona en el cerebro humano, algún día quizás seamos capaces de enviar nuestro connectome al espacio exterior por medio de gigantescos rayos láser, eliminando muchos de los problemas del viaje interestelar. (…)

Finalmente, exploraremos la posibilidad de sobrevivir no solo a la muerte de la Tierra, sino a la muerte del universo en sí mismo».

Como has visto, no exageraba: seguro que ya has leído sobre muchos de esos tópicos en novelas de space opera o ciencia ficción hard.

Pero la originalidad del libro de Kaku radica en su enfoque. The Future of Humanity expone de forma divulgativa los avances científicos y tecnológicos que, inspirados en estas ideas de ciencia ficción, intentan convertirlas en ciencia real.

Y te aseguro que es una exposición sorprendente.

 

The Future of Humanity 3
Fotografía realizada por Vanessa Bumbeers y publicada en Unsplash.

 

Bases sólidas

Pero volvamos a la ciencia ficción. Una de las cosas que me ha mostrado el libro de Kaku es la importancia de una sólida base teórica para el desarrollo verosímil de una historia de ciencia ficción.

Pondré un ejemplo concreto, pero te aseguro que en el ensayo hay muchos:

Adoro la serie Luna, de Ian McDonald. (Espero con ganas su conclusión, el año que viene). Pero si me detengo a pensar en los motivos por los que me gusta debo admitir que no tienen mucho que ver con la literatura prospectiva: me fascinan sus referencias a la cultura brasilera, sus intrigas palaciegas, las vueltas de tuerca de la historia, las descripciones, la cuidada construcción de una sociedad lunar…

Y, sin embargo, no la definiría de otro modo que como ciencia ficción; como una ciencia ficción cercana, de hecho, aterradoramente verosímil.

El motivo quizás se encuentre en esta cita del ensayo:

«En 1967, los Estados Unidos, la Unión Soviética y muchas otras naciones firmaron el Tratado sobre el Espacio Exterior que prohibía a las naciones reclamar la propiedad de cuerpos celestes como la Luna. (…)

El Tratado sobre el Espacio Exterior —el primero y único en su tipo— se mantiene hasta nuestros días. Sin embargo, el tratado no dice nada respecto a la propiedad privada de dichas tierras o al uso de la Luna para actividades comerciales. Probablemente porque aquellos que lo escribieron no creían que particulares fueran capaces de llegar a la Luna. Pero esos asuntos deben ser abordados pronto; especialmente ahora que el precio de los viajes espaciales está descendiendo y los multimillonarios quieren convertir el espacio exterior en un negocio».

Por lo tanto —al margen de la especulación desarrollada por MacDonald en su sociedad lunar— la base jurídica en la que se sustenta Luna es muy sólida. Eso es lo que hace que su historia —incluso siendo rebuscada y brutal— nos resulte cercana, verosímil: una hipérbole de las guerras comerciales tan presentes en estos días.

 

Transcripciones

Otro aspecto interesante de los vínculos entre ciencia y ciencia ficción que me ha revelado The Future of Humanity es el modo en que el lenguaje científico difiere del literario a la hora de proyectar un avance tecnológico.

Como ejemplo, comparemos estos dos fragmentos. Ambos proponen futuros dirigibles que podrían surcar los cielos de Marte, pero el primero emplea lenguaje científico y el segundo literario.

Empecemos por el pasaje extraído del ensayo de Kaku:

«Dado que el aire es tan tenue, los aviones necesitarían unas alas más grandes para volar en Marte que en la Tierra, un avión impulsado por paneles solares necesitaría una enorme superficie, y probablemente sería demasiado caro para fines recreativos. Probablemente no veamos turistas volando sobre los cañones marcianos de la forma en que lo hacen sobre el Gran Cañón. Sin embargo, globos y dirigibles podrían ser un medio de transporte viable, al margen de las bajas temperaturas y la baja presión atmosférica. Podrían explorar el terreno marciano a distancias menores que los orbitadores y cubrir vastas áreas de su superficie.

Algún día, los vuelos de globos y dirigibles quizás nos permitan observar de manera regular sus maravillas geológicas».

Y ahora comparémoslo con este,extraído de Marte Rojo, de Kim Stanley Robinson:

«El dirigible era el más grande que se hubiera construido nunca, un modelo planetario fabricado en Alemania por Friedrichshafen Nach Einmal, y enviado a Marte en 2029, de modo que acababa de llegar. Se llamaba Punta de Flecha y medía ciento veinte metros de un ala a la otra, cien metros de proa a popa y cuarenta metros de alto. Tenía un armazón interno ultraligero y turbopropulsores en los extremos de ambas alas y bajo la góndola; éstos eran impulsados por pequeños motores de plástico, con baterías alimentadas por células solares en la superficie superior de la cubierta. La góndola con forma de lápiz se extendía casi todo a lo largo de la parte inferior».

Dado que el ensayo científico intenta demostrar la viabilidad constructiva de losfuturos dirigibles, se centra en las características atmosféricas que los harían rentables (en contraposición con los aviones) y expone en condicional sus posibilidades.

El fragmento literario, por su parte, se centra en dar verosimilitud a un resultado presente (en el tiempo de la novela), y para lograrlo hace una descripción minuciosa de una tecnología futura.

El ensayo demuestra cómo esas descripciones —extrapoladas, en la ciencia ficción hard, de datos científicos— pueden recorrer el camino inverso e inspirar a científicos e ingenieros en el desarrollo de nuevas tecnologías.

 

The Future of Humanity 4
Fotografía realizada por Cédric Klei y publicada en Unsplash.

 

Quebrando las fronteras

Esta interacción es tan estrecha que, en algunos casos, la figura del científico y el escritor coinciden.

«En 2011, DARPA y la NASA fundaron un simposio titulado “The 100-Year Starship” que generó un considerable interés. Su intención no era construir una nave espacial actual en los próximos cien años, sino reunir a las principales mentes científicas capaces de diseñar una agenda factible para el desarrollo de los viajes interestelares en los próximos cien años. El proyecto fue organizado por miembros de la “Vieja Guardia”, un grupo informal de físicos e ingenieros de edad avanzada —muchos de ellos en la setentena— que buscan reunir el conocimiento necesario para llevarnos a las estrellas. (…)

Entre ellos hay un par inusual: James y Gregory Benford, gemelos que son a la vez científicos y escritores de ciencia ficción.

James me comentó que su fascinación por las naves espaciales comenzó cuando era un niño, devorando toda la ciencia ficción que caía en sus manos. (…) Comprendió que, si él y su hermano querían trabajar seriamente en el asunto, tendrían que aprender física…, muchísima física. Así que emprendieron sus doctorados en la materia.

James es, en la actualidad, el presidente de Microwave Sciences y ha trabajado durante décadas con sistemas de microondas de alta potencia. Gregory es profesor de física en la Universidad Irvine de California, y en su otra vida ha recibido un premio Nebula por una de sus novelas [Cronopaisaje].

A lo largo del simposio “The 100-Year Starship”, James y Gregory escribieron un libro titulado Starship Century: Toward the Grandest Horizon que contiene muchas de las ideas presentadas allí.

James, un experto en radiación de microondas, cree que las velas solares son nuestra mejor opción para viajar fuera del sistema solar, sin embargo, me dijo que hay una larga historia de diseños alternativos teóricos que son extremadamente caros, pero que están basados en física sólida y que algún día podrían existir».

No se me ocurre mejor ejemplo de la retroalimentación necesaria entre la ciencia real y la ciencia ficción.

 

La imposibilidad científica del deus ex machina

Pero además de exponer los vínculos entre ambas,The Future of Humanity también expone sus diferencias. Y de entre todas ellas, sin duda la más destacable es la imposibilidad científica del deus ex machina.

Dado que las novelas de ciencia ficción plantean escenarios en los que los avances proyectados ya existen, es habitual que propongan tecnologías «mágicas» —en el sentido «clarkeano» del término— para facilitar el desarrollo de la trama. Evidentemente, eso es algo que una aproximación científica no se pude permitir.

Kaku expone un buen ejemplo al hablar de la antimateria. Tras explicar los problemas de obtención y confinamiento de la misma, plantea lo siguiente:

«En las historias de ciencia ficción, los problemas de costo y almacenamiento son a veces eliminados a través del descubrimiento de un deus ex machina: por ejemplo, un anti-asteroide que nos permite extraer antimateria de forma barata. Pero este hipotético escenario plantea una pregunta complicada: ¿de dónde proviene esa antimateria?

Da igual el sitio hacia el que observemos con nuestros instrumentos, en el espacio exterior vemos materia, no antimateria. Lo sabemos porque la colisión de un electrón con un positrón libera a baja energía 1,02 MeV —esta es la huella de una colisión de antimateria—, pero cuando observamos el universo captamos muy poca radiación de este tipo».

 

The Future of Humanity 5
Fotografía realizada por Amanda Dalbjörn y publicada en Unsplash.

 

Y, sin embargo…

Como para toda regla hay una excepción, el ensayo de Kaku propone un deus ex machina que podría tener su correlativo científico.

Al describir el posible uso de energía negativa para generar un impulso WARP (ya sabes, el de las naves de Star Trek), Kaku explica que la cantidad que se requeriría para tal impulso solo podría ser manejada por civilizaciones mucho más avanzadas que la nuestra.

«Star Trek pasa por alto este inconveniente postulando que un mineral exótico —el cristal de dilithium— es el componente esencial del motor de impulso WARP. (…)

Los cristales de dilithium no existen, pero —tentadoramente— la energía negativa sí…, lo cual abre la puerta a la creación de agujeros negros, espacio comprimido e, incluso, máquinas del tiempo.

Aunque las leyes de Newton no admiten la existencia de energía negativa, la teoría cuántica [de campos] sí lo hace por medio del efecto Casimir, propuesto de forma teórica en 1948 y medido en laboratorios en 1997.

Supongamos que tenemos dos placas de metal paralelas descargadas. Cuando están separadas por una gran distancia, veremos que entre ellas se genera una fuerza eléctrica igual a cero, sin embargo, cuando empezamos a acercarlas, observamos que, misteriosamente, comienzan a atraerse. Por lo tanto, podremos extraer energía de ellas.

Dado que empezamos con energía cero y obtuvimos energía cuando las placas estaban próximas, podemos decir que, en su estado inicial, las placas en si mismas poseían energía negativa».

A continuación, Kaku explica las razones cuánticas por las cuales se produce este fenómeno, una explicación fascinante que dejaré que descubras por tu cuenta…

 

Ciencia y ficción

… Pero lo que me interesa recalcar aquí, antes de cerrar este artículo, es la importancia de la imaginación en el desarrollo científico.

La famosa frase de Einstein…

«La imaginación es más importante que el conocimiento. El conocimiento es limitado y la imaginación circunda el mundo».

genera dudas históricas. Si bien es cierto que fue publicada en la entrevista que George Sylvester Viereck le realizó en 1926 para el The Saturday Evening Post, también es verdad que el propio Viereck admitió que:

«Garabateé una frase aquí y allá, pero después mis notas eran tan difíciles de entender como el fantástico mecanismo de un sueño».

Por lo tanto, más que priorizar una sobre otra, recalquemos ese maravilloso equilibrio que Kaku elogia a lo largo de su ensayo.

Sin duda la ciencia ficción no sería tal si no se basara en la ciencia; pero todo avance científico, todo cambio de paradigma, debe ser imaginado antes de concretarse, y en esa búsqueda por expandir las fronteras del conocimiento, la literatura de ciencia ficción ha tenido (y seguirá teniendo) muchísimo que aportar.

 

The Future of Humanity 6
Fotografía realizada por Paul Morris y publicada en Unsplash.

 

NOTA: La foto de cabecera pertenece a Cédric Klei y ha sido publicada en Unsplash.

 

 

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.